28 jun. 2011

La Hospitalidad

La hospitalidad es la virtud que “nos induce a dar techo y alimento a las personas que lo necesiten”.

Es tratar a los demás con respeto y dignidad, con importancia de invitado de honor en nuestro hogar, sea quien sea. Es abrirle las puertas a alguno de una parte de nuestro mundo. En la antigüedad clásica, ya la hospitalidad brindada al extranjero que pedía asilo y amparo era considerada como muestra de civilización, como una virtud y un deber. Durante milenios los pueblos prestaron este servicio. Se ejercitaba con los peregrinos, menesterosos y desvalidos, recibiéndoles y prestándoles la debida asistencia a sus necesidades. Entre otras cosas, debido a las distancias y los escasos medios de transporte con los que se contaban, el negar a un viajero la hospitalidad, (dar de comer, beber y albergar para pernoctar), podía muy fácilmente matar al viajero de hambre y/o de frío antes de que encontrara otro lugar donde pudieran ayudarle. De ahí que era importante para el otro esa mano que se tendía y que había que tender.

La Odisea de Homero dice: “Los dioses recorren las ciudades en forma de mortales, observando quiénes son los que tratan con violencia y los que reciben con bondad a los forasteros”. También los romanos consideraban la hospitalidad como una alta virtud. Aún para los estoicos, el hombre era un ciudadano del mundo, por lo cual nunca un extranjero; de ahí que fuese inhumano no concederle hospitalidad.

El Nuevo Testamento aporta una profundización teológica al concepto de hospitalidad. La vida de Jesús fue una constante petición de alojamiento. Desde horas antes de su nacimiento en Belén, pasando por otros muchos momentos en que le vemos solicitar acogida en casa como la de Zaqueo o la de Lázaro. Su mensaje también es un canto a la hospitalidad. A partir de ahí, la hospitalidad será la obra de misericordia que los buenos cristianos estarán obligados a practicar con sus semejantes más menesterosos. Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, que son las tres necesidades básicas de un forastero: la de alimentarse, la de hidratarse o beber y la del descanso o pernoctar. En la Edad Media comienzan las grandes peregrinaciones en Europa identificadas mayormente con el camino de Santiago de Compostela. Toda la asistencialidad la enseña especialmente la Iglesia. Obispos, abades, condes, duques o reyes y hasta la gente común, acudían a Compostela desde lugares lejanos. Eran peregrinos que viajaban con comitiva y a caballo, con recursos y protección propia.

A mediados del siglo XI, finalizados los siglos de guerra y de las invasiones, comienzan las personas a moverse para enriquecerse viajando y comunicándose en una multitud de actividades. Comienza una gran corriente migratoria y se establece la ruta que, con ligeras variantes, se mantendrá hasta nuestros días. Los sectores de más interés se hicieron cargo de atender el camino. Fueron los monjes, especialmente los cluniacenses, los benedictinos, la nobleza y los obispos, quienes tomaron poco a poco a su cargo esta tarea. Pero serán los monjes, especialmente los benedictinos, quienes marcarán un antes y un después en el desarrollo hospitalario del camino. Los reyes a su vez, promovieron la fundación y dotación de hospitalidad, ya sea usando el patrimonio real u obispos como Pedro Pelayo que lo hicieron en España en la ciudad de León.

San Benito, en el siglo VI, la gran figura monástica de la Edad Media, había dicho una y otra vez que la hospitalidad tenía que ser la primera virtud de los monjes. Esto queda definido en sus reglas: “A todos los huéspedes que se presenten en el monasterio ha de acogérseles como al mismo Cristo en persona, porque Él lo dirá un día: “Era peregrino y me hospedasteis”. El comentario de la Regla especifica: “Que a los peregrinos se les saldrá a recibir con una muestra de sincera caridad saludándoles con una humildad profunda. Una vez acogida, se leerá ante ellos la ley divina y luego se les obsequiará con todos los signos de la más humana hospitalidad”.

A finales del siglo XI había una red asistencial en todas las etapas del camino construida por la Iglesia, quien se hizo cargo de todos aquellos pequeños que reclamaban atención, (como los pobres, los huérfanos, las viudas, los ancianos y heridos que habían dejado las guerras), creando orfanatos, asilos, hospederías monacales y hospitales que servían de cobijo a los caminantes, especialmente en aquellos parajes más extraños y difíciles.

Los siglos XII y XIII significaron el apogeo de las peregrinaciones, de ahí que contaran con el apoyo de los religiosos y de los poderosos fundando hospitales. Hospitales que aún siguen siendo los fundacionales y que estaban en su mayoría bajo el control de monasterios benedictinos, más o menos directamente vinculados a Cluny. Más tarde se incorporan los laicos acaudalados, convirtiendo a las parroquias en centros de asistencia. La gente rica dejaba en sus testamentos bienes para la asistencia. Todos los centros hospitalarios contaban con un lugar a cubierto para dormir y un fogón para calentarse y cocinar. Monasterios, iglesias, capillas, hospitales y cofradías, con sus reliquias de santos e imágenes, eran el paso obligado en donde los peregrinos recibían asistencia material y espiritual.

La beneficencia estaba sacralizada. De hecho, desde el momento en que se atravesaba la puerta de un hospital, los peregrinos participaban de los oficios religiosos. Antes y después de comer se rezaba por el alma de los bienhechores y reanudaban la marcha después de haber escuchado misa. San Francisco, siglo XIII, “en la Regla manda a los frailes que practiquen la hospitalidad: “cualquiera que a ellos viniere, amigo o enemigo, ladrón o salteador, con benignidad sea recibido”. (1)

La hospitalidad es abrir su propia casa, su propio mundo al prójimo. No depende de los bienes económicos, sino de la actitud generosa y receptiva para con el otro. Es el recibir compañeros de deportes en nuestras casas cuando vienen a competir y se trasladan de una ciudad a otra por unos días. Es la persona que en un club se acercará a quienes vinieron a competir de las ciudades vecinas y les preguntará como están, si necesitan algo, y compartirá con ellos algún almuerzo o momento. Es la que pasará por el hotel donde se alojan y les preguntará como están organizados para desplazarse, si tiene contratados vehículos o si prefieren que los pasen a buscar. Es la que, (si puede), los irá a buscar a la estación de ómnibus, de tren o al aeropuerto, y los despedirá también ahí, lo que es tan agradable. Es el que siempre está dispuesto a ofrecer un mate o un café en su oficina demostrándole al prójimo que está dispuesto a concederle algunos minutos de su tiempo. Es el que dejará de lado lo suyo para hacer sentir al otro que es importante, que es bien recibido, honrado y apreciado. Es el que abre su casa con facilidad y generosidad para todas las reuniones familiares, para Navidad, para los bautismos y aniversarios o hasta las reuniones de la Sociedad de Fomento. Es la persona que siempre está dispuesta a armar unas camas para que se queden a dormir un hijo casado con su familia que están de paso, un sobrino o unos nietos que vinieron a visitarlo, haciéndolos sentir, además, que son bienvenidos. Estas son actitudes de hospitalidad adaptadas a la vida moderna. Hay gente que siempre tiene en la boca: “Lo organizamos en casa” y no necesariamente son los que más medios tienen. Simplemente son los que piensan en los demás y comparten lo que tienen, aunque sea unos momentos para que el otro se sienta bien recibido, como el ejemplo del club.

En nuestra Patria que nació católica, esta virtud estuvo muy arraigada especialmente en el campo argentino, en donde existía una matera con el fuego prendido para que todo caminante o forastero que anduviera de paso pudiera parar y alimentarse y aún quedarse a dormir si fuese necesario. Otra costumbre natural en el campo era el levantar a las personas en la ruta para trasladarlas de un lado a otro. Conocemos infinidad de maestras rurales que han trabajado años de esta manera, habiendo sido transportadas a las escuelas por la gente que transitaba por las rutas y las llevaba.

Todo esto estuvo en vigencia hasta hace pocos años, en que la industria de los juicios y de lo seguros por accidentes amenazaron y hasta arrasaron la buena voluntad y la virtud de la hospitalidad hacia las personas. Hoy, el temor y hasta el miedo de un injusto pero certero posible juicio y un despojo de todos los bienes por causa de un accidente más los problemas que esto trae consigo, arrasaron, acorralaron, inhibieron y ataron de manos a la famosa “gauchada” y hospitalidad argentina.

La revolución anticristiana en su ataque a todas las virtudes también ha arrasado con esta virtud que hacia tan agradable la vida... En la actualidad, ante la inseguridad reinante, la violencia, los ladrones que ya no saben robar sino matan, la droga tan dramáticamente extendida en la sociedad convierte en una gran falta de prudencia abrirle las puertas a cualquiera y hacerlo pasar o levantarlo en la ruta para trasladarlo de un pueblo a otro. Lamentablemente la prudencia nos exige limitarnos, encerrarnos y protegernos de esta sociedad violenta que ha engendrado la revolución anticristiana. La hospitalidad entonces tendremos que limitarla solamente a la gente que conocemos y nos es familiar, pero en esos casos sí deberemos ejercitarla.

Lo contrario de la hospitalidad es la falta de hospitalidad que es la antítesis de lo que hemos descripto. El no abrir jamás nuestras casas para nada ni para nadie. En no organizar jamás ningún acontecimiento familiar poniendo miles de excusas para no hacerlo, ni un plato en la mesa para recibir a un amigo o conocido que está de paso en la ciudad. En los casos extremos este comportamiento se extiende hasta con los familiares y con los hijos casados que ya se han ido del hogar. La falta de hospitalidad nos hace incapaces de brindar algo de lo nuestro, de nuestra intimidad, de nuestro tiempo para que el otro se sienta bien recibido.


Notas
(1) “Sin volver la vista atrás”. Justo López Melús. Editorial G.M.S Ibérica. S. A. Pág. 23.

25 jun. 2011

La Amistad

Fuente: Catholic.net

La amistad es la virtud que “llega a tener con algunas personas, que ya conoce previamente por intereses comunes de tipo profesional o de tiempo libre, diversos contactos periódicos personales a causa de una simpatía mutua, interesándose, ambos, por la persona del otro y por su mejora”. (1)
Dicho en otras palabras, la amistad es la virtud que nos lleva a tener una relación de afecto sólida, profunda, desinteresada y recíproca con otra persona. Somos seres incompletos y necesitados de afecto. Necesitamos recibir y dar afecto a nuestros semejantes para realizarnos como personas. Vivir una buena amistad implica, además, el desarrollo de varias virtudes: la generosidad, la disponibilidad, el desinterés, la prudencia, la discreción, la lealtad.

La amistad es una relación basada en intereses y metas comunes y no termina con el tiempo ni con la distancia. Lleva a ambas partes a enriquecerse mutuamente, a ayudarse y a crecer como personas desarrollando todas las potencialidades. La persona humana es el único ser creado que puede dar todo de sí sin perder nada sino al revés, enriqueciéndose a su vez. La amistad va más allá de compartir juegos y gustos, de divertirse o de pasar buenos momentos que, si bien no está mal, es insuficiente y más superficial. Tampoco se basa en la utilidad o servicio que nos presta una determinada persona, sino en la búsqueda del bien mutuo a través del tiempo y la distancia. La amistad es una relación noble y virtuosa con el prójimo, y el hombre será más feliz en su vida con amigos que sin ellos. Aristóteles ya definía a la amistad diciendo. “¿Qué es un amigo? Son dos cuerpos con una sola alma”. Siglos después, en el siglo IV diría San Agustín: “Bien dijo alguno cuando llamó a su amigo “la mitad de mi alma”.

Si bien la tendencia del hombre a la sociabilidad es natural, la amistad no es algo innato y no se logra sin esfuerzos. Hay que invertir mucho en ella. Hay que trabajarla, conquistarla para alcanzarla y mantenerla. Hay que hacer además esfuerzos para mantenerla a través de los años, para continuar el contacto ya iniciado con visitas, llamadas telefónicas, cartas o mails, demostrando interés en saber cómo va la vida de nuestro amigo, compartir y mostrarnos interesados por lo suyo, para alegrarnos si le va bien y apuntalarlo si nos necesita.
La amistad necesita su desarrollo y crecimiento, esfuerzo, dedicación, de ganarse la confianza del amigo, y de hacernos dignos de él. Todo esto requiere tiempo, trato e intimidad. La amistad no empezará a crecer y consolidarse hasta que no abramos nuestro corazón y nuestro mundo interior. Si no lo hacemos nuestra amistad será siempre superficial, porque la naturaleza humana necesita compartir sus angustias, sus inquietudes, sus anhelos, sus sueños y sus alegrías con “otro corazón”, con otra persona. Hay que darse a conocer para que el otro me conozca.

No forma parte del ideal de la amistad el estar de acuerdo en todo. Podemos disentir con respeto, tolerancia y flexibilidad, siempre y cuando haya supuestos básicos que nos unen. De ahí el papel preponderante que juega el diálogo franco y sincero en la construcción de lazos afectivos. La amistad necesita comunicación, compartir ideas, sentimientos, angustias, tristezas y alegrías. Necesita expresarse y saber escuchar, pero para esto hay que tener no sólo el alma en paz y sosegada sino interesarse por el prójimo a quien hemos seleccionado y elegido como amigo.

De la franqueza y de la lealtad se desprenderá la corrección fraterna mandada en el Evangelio: “Si tu hermano peca ve y corrígelo a solas. Si te escucha habrás ganado a tu hermano”. Lo mismo aconseja Monseñor Escrivá de Balaguer: “Cuando veáis una desviación en un hermano nuestro, un error que pueda significar un peligro para su alma o una rémora para su eficacia, habladle con claridad y os lo agradecerá”. (2)

La corrección fraterna obliga a todos, pero a mi amigo se lo debo aún a riesgo de perderlo. La lealtad me condiciona de una manera especial. Espiritualmente siempre será así, aunque a veces la relación entre las personas genera choques y divisiones y haya que hacerse amiga del tiempo y saber esperar, porque nuestras palabras muchas veces implicarán alejamientos durante años de personas que queremos mucho, pero el que corrige siempre lo hará pensando en la responsabilidad que tendrá ante Dios si no lo hace. Primero lógicamente debemos analizar la situación que tenemos enfrente. Saber si corregimos para el bien de la persona, (que es la caridad), y hacerlo con prudencia y discreción. No en público y cuando el otro está enojado.

Los amigos son determinantes en la vida de una persona y esto vale tanto para el bien como para el mal. Serán las personas a quienes tendremos al lado en lo cotidiano y en los momentos cruciales. De quienes escucharemos los buenos consejos, (como continuar con un buen trabajo aunque tengamos tentaciones de dejarlo y cambiarlo, de cortar con una relación inadecuada, tener la fortaleza de romper un noviazgo que sabemos equivocado, de terminar nuestros estudios aunque nos implique trabajar de noche, de esforzarnos en ahorrar para comprarnos la casa o hacer un viaje que ampliará nuestra cultura) o los malos (tomar de más y emborracharnos, jugar por plata, probar la droga o empezar una infidelidad para sentir “la adrenalina de lo prohibido” aunque con eso pongamos en juego todo nuestro hogar).

Los amigos que habremos ido seleccionando a través de la vida serán quienes nos edificarán con su conducta o nos arrastrarán por la mala senda, de ahí que el sabio refrán: “Dime con quién andas y te diré quién eres” tiene mucho de verdad, porque la selección de los amigos que iremos haciendo a través de nuestras vidas hablará mucho de nuestras prioridades. Así como las buenas amistades favorecen el desarrollo de las virtudes y aún las conversaciones cotidianas nos edificarán, las malas amistades nos influencian enormemente hacia los vicios.

Aristóteles definía a su vez tres clases de amistad:

La amistad de utilidad: La que se basa en nuestra propia utilidad, nuestro provecho o interés. Es lícito, aceptable y comprensible que un gerente de un banco o un comerciante se acercarán a nosotros amistosamente tratando de ganar nuestra simpatía para hacernos clientes del Banco o para vendernos su producto ya que viven de eso.

La amistad de placer: Es la amistad que se basa en el placer que obtenemos disfrutando con nuestros amigos las cosas que tenemos en común como el deporte, los lugares de veraneo, los hobbies, la guitarra o la pasión por los caballos. Esta clase de amistad no es mala, pero es incompleta, y es propia de la infancia y de la adolescencia, donde los amigos se juntan más para compartir gustos y afinidades naturales que para ayudarse corregirse y ser mejores personas.

La amistad de virtud: que es la más perfecta. Es la que está basada en el aprecio y el afecto de dos personas que se ayudan, se aconsejan, se escuchan se apuntala y se desean el bien mutuo. Este tipo de amistad es la que San Agustín definió como “esa amistad verdadera con la que tu aglutinas las almas que viven unidas a ti” y siglos más tarde Santa Teresa definía tener con Dios cuando decía “estarse bien con su amigo en su compañía”. Suele y puede darse entre padres e hijos, entre hermanos y familiares y entre amigos que hemos ido haciendo y seleccionando a través de nuestras vidas. Desearse el bien mutuo y quererse bien no es perder la propia identidad sino, desde la propia, enriquecerse con la ajena. Como define San Agustín su amistad con Alipio: “esa amistad era dulcísima, inspirada como estaba por el fervor de idénticos ideales”.

Vivir una buena amistad es ser feliz en compañía de un amigo, ayudarse espiritualmente, afectivamente o materialmente cuando lo necesitemos. Darle lo mejor de nosotros mismos, comprenderle y ser misericordioso con él, aceptarse el uno y el otro con nuestras virtudes y defectos. Para tener buenos amigos primero hay que ser uno mismo un buen amigo, y significa llevar a la otra persona a crecer mutuamente en la virtud. En épocas mas cristianas, las familias y las amistades familiares eran un bastión en donde los jóvenes no solo podían refugiarse sino tomar como punto de referencia y nutrirse de los valores a seguir. Hoy ello se torna muy difícil, porque la demolición es tanto de dentro como de fuera. En las relaciones que requieren un orden jerárquico, (como padres e hijos, jefes y subalternos, patrones y empleados), puede llegar a darse luego de años esta maravillosa relación de amistad consolidada. El desorden aparece cuando esta amistad se quiere comenzar desde el principio de la relación, sin hacer la necesaria inversión de autoridad, jerarquía y soledad (que implica tener una cuota de poder sobre los otros para enseñar y mandar). Padre e hijo, alumno y profesor, jefe y soldado, patrón y empleado no son palabras sinónimas. Hay una jerarquía que las ordena y debe respetarse. Una cosa es estar además ligado por profundos afectos, (lo cual es lícito y muy bueno), y otra es no respetar las jerarquías porque no soportamos la soledad de las distancias. No se comienza a formar a un hijo, a un alumno, a un empleado a un soldado o a un religioso siendo su amigo. Se comienza siendo y actuando como padre, como profesor, como patrón responsable, como jefe y como superior de la comunidad religiosa con las virtudes que ello implica y que educan. A través de los años, y si nos hemos ganado el debido respeto, la madurez de nuestros hijos, alumnos, empleados, subalternos y religiosos se transformarán en afecto y amistad, pero siguiendo este orden y no subvirtiéndolo. Hay que saber pagar el precio de la soledad y la distancia durante el “mientras tanto”.

Lo contrario y la antítesis de la amistad son las malas compañías tan dañinas en la vida de las personas, pero mucho más en la juventud y adolescencia, cuando los jóvenes ya tienen cierta independencia de los padres y comienzan a llevar su propia vida. Los padres no tienen el derecho de entrar en la vida íntima de sus hijos, pero sí el deber moral de tratar de ayudarlos, (debido a que lo exige la prudencia), a seleccionar buenos amigos y a mantenerlos a través de la vida por la buena influencia que ellos ejercerán sobre sus hijos. Tampoco deben tratar de sustituir a los amigos, los padres deben ser ante todo padres, esto es educadores del camino. Pero es gran responsabilidad de los padres el vigilar las amistades de sus hijos desde la más tierna infancia, ya que los amigos en general pueden influenciar mucho en hacernos hacer lo que no queremos hacer. Pero si además son malas compañías, es mucho más peligroso. Recordemos que la amistad verdadera siempre es en el bien y en la verdad y busca el bien y la mejora de la persona. No se da cuando las compañías son malas y están cargadas de complicidad, mentiras y apañamientos.

Los jóvenes pueden inclinarse hacia malas compañías por varios motivos: por atraer la atención de los padres, por la emoción que causa introducirse en un ambiente ajeno al propio y peligroso. Por rebeldía en contra de sus padres y de su estructura familiar. Por una lealtad mal entendida o por tener baja autoestima. Es importante ayudar a los hijos a comprender la influencia que tienen las malas compañías y las consecuencias que ello conlleva. Mucho más en los tiempos actuales en los que, al estar las familias pulverizadas, los jóvenes están más expuestos a los peligros exteriores como la droga. A veces es contraproducente criticarles a los amigos porque nuevamente, por una lealtad mal entendida, los defenderán y se atrincherarán con ellos. Es preferible entonces hacerles comentarios como:"Cuando Julia viene a estudiar no estudian nada” o “Cuando Tomás te llama siempre llegas tardísimo y no dicen a donde van”.

La Sagrada Escritura nos advierte en varias ocasiones sobre la importancia de las malas compañías por boca del profeta Jeremías: “Mejor solo que mal acompañado” (Jer. 15:17). “Las malas amistades traen ruinas” (Prov.1:14,13:20,22:24) y es más dura aún cuando dice: “Aún entre los hermanos se debe escoger” (Cor. I, 5:11).

Notas:
(1) “La educación de las virtudes humanas”. David Isaacs. Editorial Eunsa. Pág 409.
(2) “Ascética meditada” Salvador Canals. Editorial Rialp. Monseñor Escribá de Balaguer 29/
IX/57

16 jun. 2011

Cita de Kempis

Tomás de Kempis

Bienaventurada la simplicidad,
que deja la senda de las cuestiones dificultosas y va por el camino llano y firme de los mandamientos de Dios.
Muchos perdieron la devoción, queriendo escudriñar las cosas altas.
Fe te piden y buena vida; no alteza de entendimiento ni profundidad de los misterios de Dios.
Si no entiendes, ni alcanzas las cosas que están debajo de tí, dime
¿cómo entenderás lo que está sobre tí?
Dios no te engaña; mas el que se cree a sí mismo demasiadamente es engañado.
Dios con los sencillos anda, descúbrese a los humildes, da entendimiento a los pequeños...
La razón humana flaca es y puede engañarse; mas la fe verdadera no puede ser engañada...
Dios anda con los sencillos, se manifiesta a los humildes y da inteligencia a los pequeños;
ilumina la mente de las almas puras y esconde su gracia a los curiosos y a los soberbios

12 jun. 2011

1 Corintios 1:27


Lo que para el mundo es necio lo escogió Dios para avergonzar a los sabios;
y lo que para el mundo es débil, lo escogió Dios para avergonzar a los fuertes;
y lo plebeyo del mundo y lo despreciable que no cuenta, Dios lo escogió para destruir a lo que cuenta.
1 Corintios 1:27

7 jun. 2011

Cita de San Pío de Pietrelcina

 San Pío de Pietrelcina

Reza, ten fe y no te preocupes.
La preocupación es inútil.
Dios es misericordioso y escuchará tu oración...
La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios.
Debes hablarle a Jesús, no solo con tus labios sino con tu corazón.
En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle sólo con el corazón

1 jun. 2011

La vida es un libro

Ciertamente nadie sabría responder a la pregunta del porqué de la vida, qué hacemos aquí, quién ha creado la existencia, o por qué lo ha hecho.

Para entender qué es la vida necesitamos explicarla con metáforas, pues tal es la magnitud de la existencia, y a la vez tan mísera, que confunden al ser humano y le impide responder al porqué de la vida.

Una forma de entender la vida es un libro.
¿Un libro? Sí, un libro.
El Señor quiso escribir una gran historia,
pero quiso que los escritores y protagonistas de su obra fuéramos nosotros: las personas.
Él nos otorga la oportunidad de escribir su libro, él es quien nos ayuda, nos "financia" de algún modo para ayudarnos a escribir nuestra propia obra, que a la vez es la suya.
Nos otorga la oportunidad de vivir nuestra vida, escribirla, y hacer así la historia de la humanidad día a día.
Como un editor permite a un escritor llevar a cabo su obra.
Eso es la vida, un regalo, una oportunidad constante, una gran aventura que desemboca en la aventura que nosotros queramos.
Ninguna obra sería buena si el protagonista no sufre peligros. Sería una obra demasiado aburrida si cuando vamos al cine a ver una película basada en un libro, no ocurre nada interesante más allá de ver a un tipo al que todo le va perfecto, ¿os gustaría una obra así?
En definitiva, la vida es un libro del que nosotros somos protagonistas. En ocasiones somos dueños de nuestras letras, y en otras hemos de saber responderlas.

Es la oportunidad de demostrar al Señor, con sincera humildad, que somos buenos escritores,
Él nos quiere ver triunfantes.