31 ene. 2011

Audiencia General del 26 de Enero de 2011: Benedicto XVI habla de Santa Juana de Arco (texto íntegro)

Fuente: Vatican.va



Santa Juana de Arco

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero hablaros de Juana de Arco, una joven santa de finales del Medievo, fallecida a los 19 años, en 1431. Esta santa francesa, citada varias veces en el Catecismo de la Iglesia católica, es particularmente cercana a santa Catalina de Siena, patrona de Italia y de Europa, de quien hablé en una catequesis reciente. En efecto, son dos mujeres jóvenes del pueblo, laicas y consagradas en la virginidad; dos místicas comprometidas, no en el claustro, sino en medio de las realidades más dramáticas de la Iglesia y del mundo de su tiempo. Quizás son las figuras más características de las «mujeres fuertes» que, a finales de la Edad Media, llevaron sin miedo la gran luz del Evangelio a las complejas vicisitudes de la historia. Podríamos compararlas con las santas mujeres que permanecieron en el Calvario, cerca de Jesús crucificado y de su Madre María, mientras los Apóstoles habían huido y Pedro mismo había renegado de él tres veces. La Iglesia, en ese período, vivía la profunda crisis del gran cisma de Occidente, que duró casi 40 años. Cuando muere Catalina de Siena, en 1380, hay un Papa y un Antipapa; cuando nace Juana, en 1412, hay un Papa y dos Antipapas. Además de esta laceración en el seno de la Iglesia, había continuas guerras fratricidas entre los pueblos cristianos de Europa, la más dramática de las cuales fue la interminable «Guerra de los cien años» entre Francia e Inglaterra.

Juana de Arco no sabía leer ni escribir, pero podemos conocer profundamente su alma gracias a dos fuentes de valor histórico excepcional: los dos Procesos contra ella. El primero, el Proceso de condena (PCon), contiene la transcripción de los largos y numerosos interrogatorios a Juana durante los últimos meses de su vida (febrero-mayo de 1431), y refiere literalmente las palabras de la santa. El segundo, el Proceso de nulidad de la condena, o de «rehabilitación» (PNul), contiene las declaraciones de cerca de 120 testigos oculares de todos los períodos de su vida (cf. Procès de Condamnation de Jeanne d'Arc, 3 vol. y Procès en Nullité de la Condamnation de Jeanne d'Arc, 5 vol., ed. Klincksieck, París 1960-1989).

Juana nace en Domremy, una pequeña aldea situada en la frontera entre Francia y Lorena. Sus padres son campesinos acomodados, conocidos por todos como excelentes cristianos. De ellos recibe una buena educación religiosa, con notable influjo de la espiritualidad del Nombre de Jesús, que enseñaba san Bernardino de Siena y los franciscanos difundieron en Europa. Al Nombre de Jesús se une siempre el Nombre de María y así, en el marco de la religiosidad popular, la espiritualidad de Juana es profundamente cristocéntrica y mariana. Desde su infancia demuestra una gran caridad y compasión hacia los más pobres, los enfermos y todos los que sufren, en el contexto dramático de la guerra.

Por sus propias palabras sabemos que la vida religiosa de Juana madura como experiencia mística a partir de la edad de 13 años (PCon, I, pp. 47-48). A través de la «voz» del arcángel san Miguel, Juana percibe que el Señor la llama a intensificar su vida cristiana y también a comprometerse en primera persona por la liberación de su pueblo. Su respuesta inmediata, su «sí», es el voto de virginidad, con un nuevo compromiso en la vida sacramental y en la oración: participación diaria en la misa, confesión y comunión frecuentes, largos momentos de oración silenciosa ante el Crucifijo o la imagen de la Virgen. La compasión y el compromiso de la joven campesina francesa frente al sufrimiento de su pueblo se hacen más intensos por su relación mística con Dios. Uno de los aspectos más originales de la santidad de esta joven es precisamente este vínculo entre experiencia mística y misión política. Después de los años de vida oculta y de maduración interior sigue el bienio breve, pero intenso, de su vida pública: un año de acción y un año de pasión.

A comienzos del año 1429, Juana inicia su obra de liberación. Los numerosos testimonios nos muestran a esta joven de sólo 17 años como una persona muy fuerte y decidida, capaz de convencer a hombres inseguros y desmoralizados. Superando todos los obstáculos, se encuentra con el Delfín de Francia, el futuro rey Carlos VII, que en Poitiers la somete a un examen por parte de algunos teólogos de la universidad. Su juicio es positivo: no ven en ella nada malo, sólo a una buena cristiana.

El 22 de marzo de 1429, Juana dicta una importante carta al rey de Inglaterra y a sus hombres que asedian la ciudad de Orleans (ib., pp. 221-222). Su propuesta es una paz verdadera en la justicia entre los dos pueblos cristianos, a la luz de los nombres de Jesús y de María, pero es rechazada, y Juana debe luchar por la liberación de la ciudad, que acontece el 8 de mayo. El otro momento culminante de su acción política es la coronación del rey Carlos VII en Reims, el 17 de julio de 1429. Durante un año entero, Juana vive con los soldados, llevando a cabo entre ellos una auténtica misión de evangelización. Son numerosos sus testimonios acerca de la bondad de Juana, de su valentía y de su extraordinaria pureza. Todos la llaman y ella misma se define «la doncella», es decir, la virgen.

La pasión de Juana comienza el 23 de mayo de 1430, cuando cae prisionera en manos de sus enemigos. El 23 de diciembre la llevan a la ciudad de Rouen. Allí tiene lugar el largo y dramático Proceso de condena, que se inicia en febrero de 1431 y acaba el 30 de mayo con la hoguera. Es un proceso grande y solemne, presidido por dos jueces eclesiásticos, el obispo Pierre Cauchon y el inquisidor Jean le Maistre, pero en realidad enteramente dirigido por un nutrido grupo de teólogos de la célebre Universidad de París, que participan en el proceso como asesores. Son eclesiásticos franceses, que al haber hecho una opción política opuesta a la de Juana, a priori tienen un juicio negativo sobre su persona y sobre su misión. Este proceso es una página desconcertante de la historia de la santidad y también una página iluminadora sobre el misterio de la Iglesia que, según las palabras del concilio Vaticano II, es «a la vez santa y siempre necesitada de purificación» (Lumen gentium, 8). Es el encuentro dramático entre esta santa y sus jueces, que son eclesiásticos. Acusan y juzgan a Juana, a quien llegan a condenar como hereje y mandan a la muerte terrible de la hoguera. A diferencia de los santos teólogos que habían iluminado la Universidad de París, como san Buenaventura, santo Tomás de Aquino y el beato Duns Scoto, de quienes hablé en algunas catequesis, estos jueces son teólogos carentes de la caridad y la humildad para ver en esta joven la acción de Dios. Vienen a la mente las palabras de Jesús según las cuales los misterios de Dios son revelados a quien tiene el corazón de los pequeños, mientras que permanecen ocultos a los sabios e inteligentes que no tienen humildad (cf. Lc 10, 21). Así, los jueces de Juana son radicalmente incapaces de comprenderla, de ver la belleza de su alma: no sabían que estaban condenando a una santa.

El tribunal rechaza, el 24 de mayo, la apelación de Juana al juicio del Papa. La mañana del 30 de mayo, recibe por última vez la santa Comunión en la cárcel e inmediatamente la llevan al suplicio en la plaza del antiguo mercado. Pide a uno de los sacerdotes que sostenga delante de la hoguera una cruz de procesión. Así muere mirando a Jesús crucificado y pronunciando varias veces y en voz alta el Nombre de Jesús (PNul, I, p. 457; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 435). Cerca de 25 años más tarde, el Proceso de nulidad, iniciado bajo la autoridad del Papa Calixto III, se concluye con una solemne sentencia que declara nula la condena (7 de julio de 1456; PNul, II, pp. 604-610). Este largo proceso, que recogió las declaraciones de los testigos y los juicios de muchos teólogos, todos favorables a Juana, pone de relieve su inocencia y la perfecta fidelidad a la Iglesia. Más tarde, en 1920, Juana de Arco fue canonizada por Benedicto XV.

Queridos hermanos y hermanas, el Nombre de Jesús, invocado por nuestra santa hasta los últimos instantes de su vida terrena, era como el continuo respiro de su alma, como el latido de su corazón, el centro de toda su vida. El «Misterio de la caridad de Juana de Arco», que tanto fascinó al poeta Charles Péguy, es este amor total a Jesús, y al prójimo en Jesús y por Jesús. Esta santa había comprendido que el amor abraza toda la realidad de Dios y del hombre, del cielo y de la tierra, de la Iglesia y del mundo. Jesús siempre ocupa el primer lugar en su vida, según su hermosa expresión: «Nuestro Señor debe ser el primer servido» (PCon, I, p. 288; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 223). Amarlo significa obedecer siempre a su voluntad. Ella afirma con total confianza y abandono: «Me encomiendo a Dios mi Creador, lo amo con todo mi corazón» (ib., p. 337). Con el voto de virginidad, Juana consagra de modo exclusivo toda su persona al único Amor de Jesús: es «su promesa hecha a nuestro Señor de custodiar bien su virginidad de cuerpo y de alma» (ib., pp. 149-150). La virginidad del alma es el estado de gracia, valor supremo, para ella más precioso que la vida: es un don de Dios que se ha de recibir y custodiar con humildad y confianza. Uno de los textos más conocidos del primer Proceso se refiere precisamente a esto: «Interrogada si sabía que estaba en gracia de Dios, responde: si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si lo estoy, que Dios me quiera conservar en ella» (ib., p. 62; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2005).

Nuestra santa vive la oración en la forma de un diálogo continuo con el Señor, que ilumina también su diálogo con los jueces y le da paz y seguridad. Ella pide con confianza: «Dulcísimo Dios, en honor de vuestra santa Pasión, os pido, si me amáis, que me reveléis cómo debo responder a estos hombres de Iglesia» (ib., p. 252). Juana contempla a Jesús como el «rey del cielo y de la tierra». Así, en su estandarte, Juana hizo pintar la imagen de «Nuestro Señor que sostiene el mundo» (ib., p. 172): icono de su misión política. La liberación de su pueblo es una obra de justicia humana, que Juana lleva a cabo en la caridad, por amor a Jesús. El suyo es un hermoso ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles. La fe es la luz que guía toda elección, como testimoniará, un siglo más tarde, otro gran santo, el inglés Tomás Moro. En Jesús Juana contempla también toda la realidad de la Iglesia, tanto la «Iglesia triunfante» del cielo, como la «Iglesia militante» de la tierra. Según sus palabras: «De Nuestro Señor y de la Iglesia, me parece que es todo uno» (ib., p. 166). Esta afirmación, citada en el Catecismo de la Iglesia católica (n. 795), tiene un carácter realmente heroico en el contexto del Proceso de condena, frente a sus jueces, hombres de Iglesia, que la persiguieron y la condenaron. En el amor a Jesús Juana encuentra la fuerza para amar a la Iglesia hasta el final, incluso en el momento de la condena.

Me complace recordar que santa Juana de Arco tuvo una profunda influencia sobre una joven santa de la época moderna: Teresa del Niño Jesús. En una vida completamente distinta, transcurrida en clausura, la carmelita de Lisieux se sentía muy cercana a Juana, viviendo en el corazón de la Iglesia y participando en los sufrimientos de Cristo por la salvación del mundo. La Iglesia las ha reunido como patronas de Francia, después de la Virgen María. Santa Teresa había expresado su deseo de morir como Juana, pronunciando el Nombre de Jesús (Manuscrito B, 3r), y la animaba el mismo gran amor a Jesús y al prójimo, vivido en la virginidad consagrada.

Queridos hermanos y hermanas, con su luminoso testimonio, santa Juana de Arco nos invita a una medida alta de la vida cristiana: hacer de la oración el hilo conductor de nuestras jornadas; tener plena confianza al cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que sea; vivir la caridad sin favoritismos, sin límites y sacando, como ella, del amor a Jesús un profundo amor a la Iglesia. Gracias.

Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la Parroquia de Santa Fe, a los Hermanos de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de la Fuensanta, de Morón de la Frontera, a los profesores venidos de Chile, así como a los demás grupos procedentes de España, Méjico y otros países latinoamericanos. Que a ejemplo de Santa Juana de Arco encontréis en el amor a Jesucristo la fuerza para amar y servir a la Iglesia de todo corazón. Muchas gracias.

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30 ene. 2011

Audiencia general: “Santa Juana de Arco es un ejemplo para los políticos”


Queridos hermanos y hermanas:

Santa Juana de Arco nació en Francia en el seno de una familia campesina acomodada en la que recibió una buena educación cristiana. Su vida se enmarca en el conflicto bélico que vio la ocupación de buena parte de Francia por Inglaterra y que se conoce como la “Guerra de los Cien Años”. Muy joven, Juana sintió la llamada del Señor a intensificar su vida cristiana, haciendo voto de virgnidad y sacando fuerzas de la oración y los sacramentos para comprometerse en la liberación de su pueblo. En este sentido luchó para levantar el cerco inglés de la ciudad de Orleans y apoyó al futuro rey Carlos, que recibió la corona de Francia en Reims. Apresada por sus enemigos, fue conducida a la ciudad de Rouen y sometida a un largo y dramático proceso judicial, siendo condenada a la hoguera el 30 de Mayo de 1431. Tenía 19 años. Sus jueces fueron incapaces de comprenderla y de ver la belleza de su alma. No supieron que acabaron condenando a una mujer Santa. Revisado posteriormente el juicio a instancias del Papa Calixto III, fue declarada inocente siendo canonizada en 1920 por Benedicto XV.

(…)

Que en el ejemplo de Santa Juana de Arco encontréis en el amor a Jesucristo la fuerza para amar y servir a la Iglesia de todo Corazón. Muchas gracias.


Visto en: Ex Orbe

28 ene. 2011

Yo te saludo, San Miguel


San Miguel,

que has glorificado a María,

nuestra madre celestial,

te pido que me obtengas un filial amor con nuestra divina madre,

para servirla fielmente.

Pídele por cada uno de nosotros y nuestros seres amados,

para que nos cuide e ilumine nuestros caminos por la vida alejándonos de toda maldad. 

Yo te saludo San Miguel, defensor de la grandeza de María,

en nombre de Nuestro Señor Jesucristo,

Amén

24 ene. 2011

20 ene. 2011

Divina Misericordia

Toda alma que cree y tiene confianza en mi misericordia, la obtendrá.
La última tabla de salvación es recurrir a mi misericordia.
Yo soy el amor mismo y la misma misericordia.
Las almas que veneran mi misericordia resplandecerán con un resplandor especial en la vida futura. Ninguna de ellas irá al fuego del infierno. Defenderé de modo especial a cada una en la hora de la muerte.
A las almas que propagan la devoción a mi misericordia, las protego durante toda su vida como una madre cariñosa a su hijo recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellos Juez, sin Salvador misericordioso.
Que no tema acercarse a mí el alma débil, pecadora, y aunque tuviera más pecados que granos de arena hay en la tierra, todo desaparecerá en el abismo de mi misericordia.
No puedo castigar aún al pecador más grande si él suplica mi compasión, sino que lo justifico en mi insondable e impenetrable misericordia.
Quien no quiere pasar por la puerta de mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de mi justicia.

17 ene. 2011

Cita de SS Benedicto XVI

El hundimiento del comunismo no significa automáticamente la bondad del capitalismo

14 ene. 2011

Grandeza de Espíritu

Bien, después de leer dos artículos muy interesantes (los que aparecen bajo estás líneas), os dejo copiado un fragmento del artículo de nuestro compañero Iskander que me ha parecido muy curioso y realista, y más abajo, una pequeña historia real que he copiado a Speer, el Radical Libre.

Artículo "Grandeza de Espíritu", blog Radical Libre (de Speer) 
[...] Esto me recuerda que hace un tiempo, un buen amigo me contó que el cura de su Parroquia le cogió por banda y le dijo:
- Quieres acompañarme a hacer una obra de caridad?
- Pues sí. contestó mi amigo.
- Esta tarde a las cuatro en la Parroquia.

Don Alberto, que así se llamaba el cura, le fue contando por el camino en qué consistía la acción.

- Vamos a casa de Venancio. ¿Le conoces?. Es un hombre que necesita mucha ayuda, esta seriamente impedido, con severas amputaciones por lo del azúcar. Esta viudo, no tuvo hijos, no tiene hermanos ni nadie, salvo nosotros, que le ayude a las cosas de casa. Tiene muy pocos recursos económicos y aparte de hacerle algunas labores de limpieza, le llenamos la despensa de alimentos básicos, le preparamos unas comidas para que tenga para dos o tres días...
Lo peor es su salud, tiene un cáncer que se lo va a llevar en pocos meses.
Mi amigo, según iba escuchando los pormenores de Venancio, se arrugaba mas y mas. Se le hizo un nudo en el estómago por no saber cómo actuar ante una persona tan discapacitada que no tenía en la vida eso que tanto se dice de salud, dinero y amor.
Entraron en su casa, -Don Alberto tenía la llave- saludaron a Venancio postrado en la cama de su humilde hogar y empezaron la tarea. Recoger la cocina, limpiar el cuarto de baño, apañar la ropa... hacer listado de lo que hiciera falta en la alacena para bajar al "super" y comprarselo, y mientras el cura preparaba unas comidas que después distribuiría por raciones en los correspondientes "tapers", mi amigo se quedó charlando con el anciano.
El buen humor y la sapiencia de Venancio distendió el acongojado ánimo de mi amigo que terminó abriéndose a contar SUS PROBLEMAS, para los que recibió oportunos consejos.
Llegado el momento de marchar, mi amigo se despidió de Venancio con un abrazo y agradecido de la buena tarde que le había hecho pasar.
Ya en el portal, Don Alberto le preguntó a mi amigo:
- ¿Qué tal?. ¿Qué te ha parecido?
- Salgo, no sé cómo decirte... ¿Reconfortado?. Venía con la intención de ayudar al hombre este y salgo con la sensación de que ha sido él el que me ha ayudado a mí.
- Es que Venancio es un Tío grande. Tiene grandeza de espíritu.

Es por ello que, queridos amigos, que para esta Navidad, no solo os deseo a todos salud, dinero y amor, sino, sobre todo... grandeza de espíritu.

11 ene. 2011

Las Aureolas

El círculo luminoso utilizado durante siglos por los artistas para coronar las cabezas de figuras religiosas no fue originariamente un símbolo cristiano, sino pagano, y está incluso en el origen de la corona real. Hay antiguos escritos y dibujos llenos de referencias a los nimbos de luz que rodeaban las cabezas de las deidades.

En el arte antiguo hindú, indio, griego y romano, las cabezas de los dioses emiten una radiación celestial. Los reyes, para destacar su relación especial con un dios, y la autoridad divina así infundida en ellos, adoptaban una corona de plumas, piedras preciosas u oro. Los emperadores romanos, convencidos de su divinidad, rara vez aparecían en público sin un tocado simbólico. Y la corona de espinas colocada en la cabeza de Cristo era interpretada como una burla pública de su reino celestial.

Con su difusión a lo largo del tiempo, el círculo luminoso perdió su asociación con los dioses paganos y se convirtió en símbolo por derecho propio para numerosas confesiones, con una notable excepción. Los padres de la primitiva Iglesia Católica, teniendo en cuenta las raíces paganas de la aureola, trataron de disuadir a los artistas y escritores de que la representaran o describieran. Los manuscritos miniados de la Edad Media revelan que estas admoniciones tuvieron efectos prácticamente nulos.

Los historiadores sitúan la adopción gradual de la aureola por la Iglesia alrededor del siglo VII, pero con una función prosaica y utilitaria, como una especie de parasol para proteger la estatuaria religiosa exterior contra las lluvias, la erosión y las deposiciones de los pájaros. Las aureolas eran entonces amplias planchas circulares de madera o de bronce.

Milenios antes de Cristo, los campesinos trillaban el grano amontonando los haces de espigas sobre terreno duro, y haciendo pasar sobre ellos, una y otra vez, una yunta de bueyes describiendo círculos. Estos circuitos creaban un camino circular, al que los griegos daban el nombre de “halos” (halo), que significa literalmente “suelo circular para el trillado”.

En el siglo XVI, cuando los astrónomos reinterpretaron la palabra, aplicándola a las aureolas de luz solar refractada alrededor de los cuerpos celestiales, los teólogos se la apropiaron para designar la corona que rodea la cabeza de un santo. Así, como observa un moderno historiador religioso, el halo o aureola combina tradiciones de la agricultura griega, la deificación romana de unos gobernantes megalómanos, la astronomía medieval y una antigua medida protectora contra la suciedad y las inclemencias del tiempo.

- La aureola, llamada también nimbo, es un cerco en torno a la cabeza o a la figura del personaje con el que se manifiesta su santidad. Puede tener varias formas:
  • Aureola circular: corresponde a todos los santos. En la pintura gótica no es raro que dentro de la aureola esté inscrito el nombre del santo correspondiente.Aureola poligonal: consiste en un polígono regular de lados rectos, o a veces cóncavos, que se reserva a los patriarcas, profetas y demás varones santos del Antiguo Testamento. En el arte medieval la llevan incluso San Joaquín, Santa Ana y San José aplicándose la circular a partir de la Virgen María.
  • Aureola crucífera: que lleva una cruz inscrita en el círculo, distingue exclusivamente a Cristo en su figura humana o en la de Agnus Dei. En ocasiones, esta aureola crucífera prescinde del círculo y está formada por cuatro haces de rayos dispuestos en cruz.
  • Aureola triangular: pertenece al Padre Eterno y también al Hijo y al Espíritu Santo en ciertas representaciones de la Trinidad. En sustitución de cualquiera de las formas geométricas anteriores, se utiliza con frecuencia la aureola de rayos que salen de un centro en disposición radial.

6 ene. 2011

Feliz Día de Reyes

Epifanía del Señor

3 ene. 2011

Que tengas un buen día

Pues eso. No necesito motivos para desearte un buen día.
Cito a Nuestro Señor, palabras dadas a la Princesa de la Misericordia, quien aparece en la imagen:
Los mayores pecadores alcanzarían una gran santidad si confiaran en mi misericordia. No hago uso de los castigos, sino cuando los hombres mismos me obligan a hacerlo.
Antes del día de la justicia mando el día de la misericordia.
A tales almas les concedo gracias que superan sus deseos...
No puedo castigar a quien se refugia en mi piedad