14 ene. 2011

Grandeza de Espíritu

Bien, después de leer dos artículos muy interesantes (los que aparecen bajo estás líneas), os dejo copiado un fragmento del artículo de nuestro compañero Iskander que me ha parecido muy curioso y realista, y más abajo, una pequeña historia real que he copiado a Speer, el Radical Libre.

Artículo "Grandeza de Espíritu", blog Radical Libre (de Speer) 
[...] Esto me recuerda que hace un tiempo, un buen amigo me contó que el cura de su Parroquia le cogió por banda y le dijo:
- Quieres acompañarme a hacer una obra de caridad?
- Pues sí. contestó mi amigo.
- Esta tarde a las cuatro en la Parroquia.

Don Alberto, que así se llamaba el cura, le fue contando por el camino en qué consistía la acción.

- Vamos a casa de Venancio. ¿Le conoces?. Es un hombre que necesita mucha ayuda, esta seriamente impedido, con severas amputaciones por lo del azúcar. Esta viudo, no tuvo hijos, no tiene hermanos ni nadie, salvo nosotros, que le ayude a las cosas de casa. Tiene muy pocos recursos económicos y aparte de hacerle algunas labores de limpieza, le llenamos la despensa de alimentos básicos, le preparamos unas comidas para que tenga para dos o tres días...
Lo peor es su salud, tiene un cáncer que se lo va a llevar en pocos meses.
Mi amigo, según iba escuchando los pormenores de Venancio, se arrugaba mas y mas. Se le hizo un nudo en el estómago por no saber cómo actuar ante una persona tan discapacitada que no tenía en la vida eso que tanto se dice de salud, dinero y amor.
Entraron en su casa, -Don Alberto tenía la llave- saludaron a Venancio postrado en la cama de su humilde hogar y empezaron la tarea. Recoger la cocina, limpiar el cuarto de baño, apañar la ropa... hacer listado de lo que hiciera falta en la alacena para bajar al "super" y comprarselo, y mientras el cura preparaba unas comidas que después distribuiría por raciones en los correspondientes "tapers", mi amigo se quedó charlando con el anciano.
El buen humor y la sapiencia de Venancio distendió el acongojado ánimo de mi amigo que terminó abriéndose a contar SUS PROBLEMAS, para los que recibió oportunos consejos.
Llegado el momento de marchar, mi amigo se despidió de Venancio con un abrazo y agradecido de la buena tarde que le había hecho pasar.
Ya en el portal, Don Alberto le preguntó a mi amigo:
- ¿Qué tal?. ¿Qué te ha parecido?
- Salgo, no sé cómo decirte... ¿Reconfortado?. Venía con la intención de ayudar al hombre este y salgo con la sensación de que ha sido él el que me ha ayudado a mí.
- Es que Venancio es un Tío grande. Tiene grandeza de espíritu.

Es por ello que, queridos amigos, que para esta Navidad, no solo os deseo a todos salud, dinero y amor, sino, sobre todo... grandeza de espíritu.

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